Párate frente al espejo, al final de la tarde, cuando el sol es apenas un suspiro cerca del horizonte. Mírate a los ojos y siente miedo, date cuenta  de que estás solo y que tu idea es un hilo frágil que apenas y se sostiene. 

Ignora la cordura y siente entre las costillas el impulso de creerle. Reconócete capaz de deshacer el abrazo atrapante de la monotonía. Dile al fracaso que no le tienes miedo, que le aceptas la batalla, que te sabes ganador. Dícelo y por un instante llama certeza a esa frase.  

Cuéntale luego el plan a un amigo, al loco ese, al que siempre sonríe cuando las cosas para los demás carecen de sentido. 

Cítalo un jueves por la tarde al café que queda cerca de la oficina. No le digas mucho, ignora sus preguntas, pídele que no llegue tarde. Levanta la mano cuando lo veas entrar por la puerta de madera y hazle señas para que se siente a tu lado. Deja que pida un café, sin azúcar, y luego narrale toda la historia como si las palabras te estorbaran y quisieras vaciarte las ideas. 

Atrapa en la mirada cada gesto suyo; atrapa los ojos que se abren, la boca que se desencaja, las miradas llenas de palabras. Escuchalo cuando sea su turno, responde lo que puedas, deja lo demás para después. Suspira y pregúntale: entonces, ¿crees que funcionaría? Aguanta la respiración durante el instante de silencio que antecede la respuesta. , escúchalo decir y siéntete aliviado. Permítete la debilidad de ilusionarte con la sensación de que eres capaz, de que esta era la respuesta, de que encontraste el camino. 

Llega a casa y cuéntale a mamá que está preparando la comida, esquívale las preocupaciones, hazte impermeable a todos sus miedos. Limítate a asentir con la cabeza aunque no estés de acuerdo, aunque te suene equivocada. Dile que la entiendes, promete que tendrás cuidado mientras sueñas en secreto con lanzarte de cabezas. 

Acuéstate a dormir, luego, del lado derecho de la cama,-  o del izquierdo, según te dicte la costumbre -, y súbete a la montaña rusa de pensamientos que ha construido sede en tu cabeza. Toma entre las manos todos los “que tal sí” y dales vueltas infinitas. 

Siente que te arrepientes, olvida el porqué, pierde el horizonte. Permite que la respiración se agite y el corazón vaya más lento. Date palo, hazte el odio, llénate de dudas. Mira el borde del abismo y con fuerza que no sabes de dónde vuelve a la cordura.

Mira el reloj, date cuenta que está tarde. Ignora la batalla que libran tus ideas y tus costumbres. Haz como si no existieran, como si no fueran lunares destinados a permanecer. Decide al fin que mañana será el día, decídelo a pesar de todo, decídelo y no permitas que las excusas, que te miran desde lejos, te roben el impulso.

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